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lunes, 1 de junio de 2020

Apoyan en Nicaragua declaración de Cancillería de Cuba

Managua, 1 jun (Prensa Latina) El reconocido comunicador nicaragüense Jorge Capelán calificó hoy de pertinente la declaración de la Cancillería cubana en la cual condena el terrorismo y la manipulación política.

En declaraciones exclusivas a Prensa Latina, Capelán consideró que la postura del ente diplomático de la Isla plantea con claridad meridiana los verdaderos términos y el significado del gesto bárbaro de la administración Trump de incluir a Cuba en la lista que supuestamente no colaboran en combatir el terrorismo.

Los Estados Unidos se muestran como los grandes terroristas que son, señaló el periodista de origen uruguayo en relación a la hostilidad de la Casa Blanca hacia Cuba por acoger a la delegación de paz del Ejército de Liberación Nacional (ELN) de Colombia, tras ruptura de los diálogos de paz con el gobierno de ese país.

Ahora los Estados Unidos dan un paso más en su desprecio por el derecho internacional rompiendo con el viejo principio de que se debe respetar a los embajadores y emisarios que participan en una negociación, argumentó Capelán.

El analista refirió que al demandar de Cuba la entrega de los representantes del ELN que participaron en la mesa de negociaciones, los Estados Unidos, a instancia del Gobierno colombiano de Iván Duque, están exigiendo que se viole el Protocolo de Ruptura del proceso de paz con esa guerrilla que se inició en 2016.

De igual forma, señaló que si la administración de Duque se comporta así es porque tampoco piensa cumplir con los acuerdos de paz con la ex-guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), además de que no siente el menor empacho de apoyar la política terrorista de los Estados Unidos.

No es Cuba, sino los Estados Unidos, los que promueven la barbarie en el terreno de las relaciones internacionales, sostuvo Capelán.

lunes, 23 de marzo de 2020

¿El coronavirus, un arma de guerra?


Por Jorge Capelán.

¿Es el coronavirus un arma biológica? Es un debate muy interesante y no debe ser desechado como una simple teoría de la conspiración. Después de todo, los Estados Unidos en el último siglo se han destacado por cruzar a cada rato la frontera de lo que se considera éticamente imposible.

Solo unos pocos ejemplos bastan: El uso de bombas atómicas contra una población civil (casos de Hiroshima y Nagasaki), y la inoculación con sífilis de miles ciudadanos guatemaltecos en un experimento realizado entre 1946 y 1948 (hecho que reconoció recién 62 años después, el año 2010). En Nicaragua no podemos olvidar la introducción del dengue en la década de los años 80 como parte de la guerra de la administración Reagan contra nuestro pueblo.

Sin embargo, en estas circunstancias en las que estamos enfrentando directamente el problema de la pandemia del Covid-19 cabe preguntarse si la hipótesis de un acto deliberado de terrorismo de Estado es una línea fructífera de razonamiento o en realidad solo agrega una buena dosis de espectáculo macabro a un panorama ya de por sí dramático.

Recordemos la Navaja de Ockham, uno de los pilares del razonamiento científico, según el cual entre varias explicaciones distintas de un fenómeno hay que preferir la más sencilla.

Eso no quiere decir que siempre las explicaciones sencillas den en el clavo, pero sí implica que entre más cosas inciertas debamos suponer en una explicación, más probable será que supongamos mal y que lleguemos a una conclusión errónea.

Tomando en cuenta lo anterior, se debe agregar que la pandemia del Covid-19 no necesita de un acto de terrorismo de Estado para ser comprendida en lo esencial, porque pandemias ha habido muchas, y muy mortíferas, en toda la historia humana.

Podría haber habido un acto de terrorismo de Estado tras la pandemia, pero lo que la hace tan destructiva son la globalización y el neoliberalismo, en especial la privatización de la salud, así como también todas las políticas de austeridad y de financiarización del mundo que terminaron por poner a prueba la capacidad de resistencia de países enteros, evidenciando dos cosas: la fragilidad de sus defensas y su enorme dependencia del exterior.

En otras palabras, la pandemia se pudo haber desarrollado con o sin acto de terrorismo de Estado. Los enormes desequilibrios provocados por el sistema capitalista occidental hacían predecible una gran crisis desde mucho antes del brote de coronavirus en la provincia de Wuhan a inicios de este año. A fines del año pasado esto era más que evidente, aunque en ese momento tal vez lo que más se avizoraba era una gran crisis financiera o ambiental, o incluso el estallido de una guerra mundial.

Ciertamente, que si se descubriera que la pandemia ha sido producto de un acto deliberado eso sería un crimen gravísimo que se suma a otros crímenes muy graves de los que hemos sido testigos los últimos días, como las ruedas de prensa de Donald Trump negando la seriedad de la amenaza, e incluso prometiendo que el coronavirus "desaparecería como un milagro".

Pero esos escándalos son secundarios ante el verdadero escándalo socioeconómico de un sistema que vive de inflar cada vez mayores burbujas especulativas en una espiral improductiva de injusticia, depredación ambiental, violencia y guerra y que se muestra incapaz de enfrentar una epidemia más de las muchas que a lo largo de la historia humana se han encargado de poner a prueba la resiliencia de la especie. China, con otra lógica económica y social, fue capaz de contener y controlar al coronavirus, pero los sistemas de salud de Europa Occidental y Norteamérica se vinieron abajo como castillo de naipes.

La burbuja estaba a punto de reventar, el coronavirus fue tan solo la aguja que la perforó.

Conspiraciones, de que las hay, las hay, pero los procesos sociales a escala planetaria son producto de enormes fuerzas históricas y de la acción, más o menos consciente, a menudo totalmente inconsciente, de millones de personas.


martes, 7 de enero de 2020

Violencia y descomposición social en Honduras

Represión en Honduras.
@rbreve, Flickr.com


Por Gilberto Ríos Munguía (•)
El Pulso, Honduras.

El año 2019 cerró con 71 masacres que cobraron la vida de 281 personas, en asesinatos menores a dos víctimas por evento suman más de 3,300 homicidios;  la violencia incontenible es parte de un modelo social y político que dirige sus esfuerzos a la concentración de la riqueza y las oportunidades en un pequeño segmento poblacional en detrimento de las mayorías. Esto es acompañado por un tratamiento mediático desorientador de la opinión pública, que responsabiliza a la propia ciudadanía por los extremos dantescos a los que ha llegado la descomposición social.

Por su parte el Ministerio de Seguridad afirma que gracias al aumento del presupuesto se han resguardado centenares de vidas, además en declaraciones en estos primeros días del 2020, aseguró que el 70% de los homicidios se producen por problemas de convivencia y no por acción del crimen organizado. De ser así –aunque no se aclara bien el método de análisis de estas cifras por parte de la Secretaría- la institución estaría afirmando que alrededor de mil asesinatos en el país fueron cometidos el año 2019 por acción del crimen organizado. La normalización de las muertes violentas también se manifiesta en un sistema de justicia que vive una parálisis institucionalizada: 87% de los asesinatos quedan en total impunidad.

También la tasa de suicidios tuvo un incremento significativo, llegando a más de 300 suicidios en el 2019 según datos del Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras; dentro de la estadística destacan menores de edad (entre 10 y 16 años). Una cifra similar y también en aumento en relación al año anterior, se reportan de femicidios en los que cabe destacar que al menos 30% de estos casos son cometidos por la pareja de la víctima según datos y denuncias de las organizaciones feministas.

No obstante, la relación entre violencia estructural, modelo económico y político no aparece con la misma frecuencia en los recuentos o relatos de los hechos. Los análisis menos difundidos son los que señalan una relación entre crisis económica, falta de oportunidades, aumento de la brecha social, disminución del presupuesto nacional en educación, salud, programas de prevención de la violencia, atención de juventud y niñez en riesgo y una desatención casi absoluta en el combate de la violencia de género.

Esto también se debe a una relación directa entre crimen organizado y narcotráfico con las actuales élites gobernantes; misma que quedó claramente expuesta en los distintos juicios llevados a cabo en las cortes de justicia del sur de Nueva York en los últimos años, que señalan la complicidad de las cúpulas de los partidos tradicionales -particularmente al partido de gobierno-, en la proliferación de bandas con respaldo del aparato judicial y de seguridad del país.

Ante esto podemos afirmar la existencia de una forma de Terrorismo de Estado que actúa por acción u omisión conveniente ante aquello que se oponga al proceso de concentración económica. De ahí que la represión contra los movimientos sociales y organizaciones políticas de oposición tenga también las variantes de prisión, asesinatos políticos, censura de la prensa alternativa y una gama amplia de amenazas, controles y seguimientos por parte de los aparatos de seguridad y sus escuadrones paramilitares y parapoliciales.

Un temor racional mayor debe abordar al pueblo en estas circunstancias y es que este proceso de descomposición parece avanzar más rápido que la capacidad de plantear respuestas de los sectores organizados.

(•)Dirigente del Partido Libertad y Refundación.

Jorge Capelán en ExtraPlus: El contexto mundial actual

    El contexto actual mundial es complicado, pero tiene mucho que ver con las diferencias de concepción entre un mundo unipolar y otro ...