martes, 30 de abril de 2019

Comandante Tomás Borge: Intelectual orgánico de la Revolución Sandinista

Por Jorge Capelán

Artículo publicado en el número 21 de la Revista Correo, abril-mayo de 2012.


Con Tomás se nos fue uno de los más grandes intelectuales orgánicos de la Revolución Popular Sandinista y de la Revolución Latinoamericana. Un intelectual orgánico es un intelectual de una determinada clase social. Cuando un intelectual pone toda su actividad y su energía al servicio de las clases populares, se dan casos como el del comandante Tomás, cuyas ideas se han encarnado en la memoria colectiva del pueblo revolucionario nicaragüense.
El comandante Tomás Borge fue el último fundador vivo del Frente Sandinista de Liberación Nacional, histórico combatiente antisomocista, periodista, poeta y escritor, uno de los dirigentes de la insurrección que derrocó a la tiranía el 19 de julio de 1979, ministro del interior, vicesecretario y presidente honorario del FSLN, miembro del Parlacen, embajador de Nicaragua en el Perú e hijo dilecto de Matagalpa y Chinandega, entre muchas otras características.
Tomás nació en Matagalpa el 13 de agosto de 1930, hijo de Tomás Borge Delgado, quien conoció a Sandino en plena lucha por desalojar al yanqui invasor. Cuando Tomás aún no había cumplido cuatro años de edad, el General de Hombres Libres fue asesinado. Tomás era seis años mayor que Carlos pero cuatro años menor que Fidel y dos años más joven que el Ché. Además, era unos meses menor que Manuel Marulanda, cinco años menor que Raúl Sendic y seis años mayor que Mario Roberto Santucho. Se puede seguir mencionando nombres emblemáticos de la Revolución Latinoamericana, el hecho es que el comandante Tomás Borge pertenece aquellas generaciones de luchadores que, en condiciones extremadamente duras, se lanzaron a la actividad revolucionaria sin esperar ver los frutos de su obra.
Como personificación más consecuente del concepto de intelectual orgánico de la clase desprovista de los medios de producción, el comandante Tomás Borge Martínez no podía ser otra cosa que un revolucionario, es decir, que un activista comprometido con la materialización práctica de la revolución. En la vida y obra de Tomás, la toma del cielo por asalto pasa necesariamente por la adquisición de medios intelectuales de producción que pone al servicio de los sectores po pulares. Praxis, acción-reflexión, teoría y práctica en unidad dialéctica al servicio de la revolución, eso es lo que hace a un intelectual orgánico de las clases oprimidas, que en última instancia no es sino la expresión de lo mejor de un pueblo que se piensa a sí mismo.
Tomás no solo acuñó frases que forman parte de la identidad de generaciones de sandinistas, el propio pueblo acuñó frases sobre él que son parte indeleble de su historia de lucha. “Si Tomás muere...” Esa admonición cubrió las calles de Nicaragua en los años finales de la lucha contra Somoza. Si Tomás moría en la cárcel donde estaba preso y era torturado, allá por 1977- 1978, la furia del pueblo se desataría inclemente contra los opresores. Tomás no murió, y estuvo allí para conducir el asalto final a la dictadura somocista bajo la consigna de “implacables en el combate, generosos en la victoria”.
Uno de nosotros
Nunca hablé directamente con el comandante Tomás Borge. De las varias veces que lo ví, recuerdo especialmente dos: la primera, a inicios de los años 80, cuando de pronto se apareció en la Plaza de la Revolución durante un festival que habíamos organizado en honor a la Primera Asamblea Nacional de la Juventud Sandinista 19 de Julio. La plaza estaba llena de jóvenes y ahí apareció el comandante entre nosotros. Él era uno de nosotros, tan joven como nosotros, el más veterano de nosotros los jóvenes. Creo que fue una de las últimas ocasiones en las que pudo permitirse semejante lujo. En unos meses estallaría la guerra y muchas cosas habrían cambiado necesariamente.
La otra vez que recuerdo haberlo visto fue cuando habló en la manifestación del Primero de Mayo en el año 2005, cuando se anunciaba el fin del neoliberalato. En esa ocasión, los habitantes de los barrios más pobres de Managua y los trabajadores de las Zonas Francas se reunían para escuchar sus palabras en una capital agobiada por los apagones y sacudida por multitudinarias manifestaciones. Dos instantáneas de la vida de lucha del pueblo nicaragüense, dos instantáneas de la vida de lucha de Tomás, dos vidas que se funden en una sola.
El comandante Tomás Borge pertenece, junto con el comandante Daniel Ortega, con el comandante Carlos Fonseca, con el General Sandino, a los dirigentes más vilipendiados, pero también a los más amados, de la historia nicaragüense. En todos esos casos, la historia misma con sus tercos hechos se ha ido encargando de acallar las voces del odio y ha ido fortaleciendo las del amor. Tomar posición sobre la muerte de Tomás es también tomar posición acerca de la historia colectiva y muchas veces personal, no solo de los protagonistas de la revolución nicaragüense, sino también continental.
Quedarse en la crítica algunos de los rasgos humanos del carácter de Tomás, rasgos que él mismo criticó, es quedarse en la superficie, es perder de vista el hecho de que en su trayectoria, como en la del Frente Sandinista, como en la de Fidel, como en la de la Revolución Cubana, no hay “errores estratégicos”, de principios. Es despreciar la idea de que la revolución la hacen los hombres que quieren ser mejores y no seres abstractos, meros productos de la imaginación.
Es desconocer que uno de los legados políticos más importantes de la vida revolucionaria de Tomás fue la lealtad: Lealtad a Carlos, cuyo ejemplo siempre exaltó y difundió entre el pueblo, lealtad al Frente Sandinista, del que nunca renegó, lealtad a Daniel, en la que siempre insistió, y lealtad a Fidel y a la Revolución Cubana, a la que nunca abandonó.
Estos hechos fueron reconocidos por los dirigentes revolucionarios de nuestro continente que estuvieron entre los primeros en expresar su más sentido pésame por el fallecimiento de Tomás, como el comandante Chávez, Raúl, Evo, Correa, los compañeros independentistas puertorriqueños y, como no podía ser de otra manera, los revolucionarios centroamericanos.
Además se pronunciaron otros compañeros como los familiares de los Cinco Héroes Cubanos, el Instituto Cubano de Amistad con Los Pueblos, el Comité Gorriarán Merlo de Argentina, la Izquierda Abertzale del País Vasco y muchos otros.

Humanismo irreductible
Sin embargo, llama la atención el silencio de ciertos intelectuales críticos de América Latina y Europa ante la muerte de Tomás. A menudo, esos mismos intelectuales tienen un pasado de apoyo a la Revolución Sandinista pero hoy hacen todo lo posible por evitar hablar de ella a pesar de lo inocultable de su presencia en los debates sobre el ALBA, la independencia de América Latina, las salidas a las múltiples crisis del capitalismo o el Socialismo del Siglo XXI.
El ALBA no se puede entender sin Nicaragua, no solo porque la Revolución Sandinista en los 80s fue una fuente de inspiración a los revolucionarios del mundo, sino también porque el Frente Sandinista logró mantener vivo el proyecto de transformaciones profundas luego de la derrota electoral de 1990 y porque desde mucho antes de la victoria en las elecciones de 2007, los sandinistas abrazaron el proyecto bolivariano junto al proyecto de Sandino. En todos esos debates estuvo presente el comandante Tomás Borge.
Creo que el silencio de algunos de esos intelectuales muestra al menos dos cosas. En primer lugar, que el carácter de intelectual orgánico de una clase social está íntimamente vinculado a su relación con la actividad real de esa clase social en un período histórico dado. En segundo lugar, indica que aún nos falta mucho por fortalecer nuestro proyecto revolucionario y bolivariano en el frente cultural. Tenemos formidables intelectuales orgánicos como Fidel, Chávez, y los demás dirigentes de nuestros pueblos del ALBA, pero nos hace falta desarrollarnos más en todos los ámbitos de la batalla de las ideas, lo que no va a surgir de manera espontánea sino como producto de políticas conscientes de construcción de una nueva cultura.
En ese sentido es particularmente imperioso hablar de Tomás, de su labor política, periodística, literaria, poética, facetas todas de una misma pasión revolucionaria. Es particularmente relevante resaltar su antiimperialismo irreductible y su humanismo, de raíces sandinistas y martianas.
Pero también es particularmente necesario hablar de la ambición de Tomás por abordar los grandes temas del sentido de la transformación revolucionaria y de los destinos de la humanidad sobre la faz del planeta. Es vital recordar su presencia en el acto de clausura del más importante, sino el único, encuentro mundial de filosofía que ha tenido lugar en Nicaragua, allá por los años 80. Un encuentro semejante, en su memoria, debería organizarse hoy en día, cuando la humanidad debe responder a la acuciante cuestión de su propia sobrevivencia. Debería ser un encuentro del pueblo, de los jóvenes, de las mujeres, de los obreros, de los campesinos, filosofando y discutiendo de tú a tú con intelectuales de todo el mundo cómo hacer para salir de este desastre en el que el capitalismo nos ha metido.
El primero de mayo de 2012, Nicaragua amaneció con la tristeza de un pueblo que no se acostumbra a la muerte por más acostumbrado que esté a lidiar con ella. Hacía días que se esperaba la amarga noticia, aunque en el fondo todo el mundo quería pensar que Tomás se estaba reponiendo de su grave estado de salud y que de alguna manera saldría adelante de este trance.
El de Nicaragua es un pueblo revolucionario, y como tal jamás se podrá acostumbrar a la muerte. Podrá no temerle, podrá retarla, jugar con ella y, sobre todo, rebelarse contra ella. Pero acostumbrarse, jamás.

Fibra íntima de la sociedad
Por eso el fallecimiento de Tomás ha tocado una fibra íntima en esta sociedad, una fibra que tiene que ver con la identidad, con el hecho de que hay una Nicaragua antes y otra después de aquel glorioso 19 de julio de 1979 que dio al traste con aquella república bananera perennemente invadida y humillada y sentó las bases de una nación independiente e integrada, a pesar de todos los reveses temporales y de todos los vaivenes de la historia. No es una abstracción, para millones de nicaragüenses se trata de vivencias aprendidas en carne propia o en la historia de sus familias.
La multitudinaria asistencia popular a la Plaza de la Revolución y a la Plaza de la Fe para despedir al comandante sandinista tiene un significado profundo obvio para los pueblos de América Latina. Los mensajes de solidaridad con Nicaragua y de luto por la muerte de Tomás llovieron desde todo el planeta.
En su mayoría fueron de gente sencilla, activistas de base que luchan por realizar ese otro mundo necesario aquí y ahora.
Durante los días de las honras fúnebres de Tomás, Nicaragua asistió a un fenómeno singular: el renacimiento de la ideología sandinista entre amplios sectores de la población, más allá de la crítica del neoliberalismo salvaje, de la conciencia generalizada de que es necesario luchar contra la pobreza y de que se acabaron los días en los que los organismos financieros gobernaban el país. La muerte de Tomás fue la oportunidad para que mucha gente que durante muchos años calló, espontáneamente se atreviese a recordar y a contar en voz alta a sus vecinos, a sus compañeros de trabajo, y hasta a sus propios hijos e hijas, sus experiencias de la lucha contra la tiranía somocista y de la década de los años 80.
El comandante descansa ahora en un mausoleo en la Plaza de la Revolución, en Managua, junto a los restos del comandante en Jefe, Carlos Fonseca, fundador del Frente Sandinista, y del Coronel Santos López, miembro del Estado Mayor del General Sandino y también fundador del FSLN. Las almas que descansan en ese lugar representan lo mejor del pueblo nicaragüense en su lucha por lograr una vida digna en la que los “ríos de leche y miel” corran en beneficio, no solo de los nicaragüenses, sino de todos los pueblos del mundo.
Los liberales-somocistas intentaron derrumbar el mausoleo (en 1990), pero no pudieron parar la historia. Hoy ese torrente humano de un pueblo que lucha por su liberación ha regresado y redescubre lo que ya antes, hace tiempo, había aprendido: que se debe ser irreductible ante el imperio; implacables en el combate, pero generosos en la victoria; tener el corazón de mantequilla con los que murieron por la patria; que los niños son los mimados de la Revolución; que hay que ser mecanógrafo, hormiga, martillo como Carlos; que ya nunca más el amanecer será una tentación, y tantas otras de las cosas de las que a lo largo de las décadas les habló el comandante Tomás.



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